El anarquismo y la Revolución

Un amigo de Iberoamérica que conoce el libro del que soy coautor sobre los bagaudas y sigue el ideario de la RI me escribe informándome que el teórico anarquista Carlos Malato (1857-1938) tiene un libro en el que se refiere favorablemente a los bagaudas. Se titula “Revolución cristiana y revolución social”[1]. Fue escrito en 1891 en francés, y existe una edición en castellano, editada en Barcelona en 1903. Lo leo y, efectivamente, para Malato aquéllos eran un movimiento revolucionario a celebrar. Empero, su comprensión de lo que fueron e hicieron es limitada, con algunos errores graves. El principal es que los describe como revolucionarios fracasados, vencidos y exterminados, en similitud con el gran Espartaco y su gente. Por tanto, no usa la expresión “revolución bagauda”.

Carlos Malato tiene más libros, uno de ellos se titula “Filosofía del anarquismo” que me gustaría encontrar y leer para aprender de él. Su padre tomó valerosamente las armas en favor de la Comuna de París, en 1871, por lo cual fue exiliado a una colonia penitenciaria francesa, adonde le acompañó Carlos, entonces un adolescente. Muy bien por su señor padre.

Un traspié enorme de Carlos fue hacerse aliadófilo en la I Guerra Mundial, 1914-1918, es decir, respaldar a su propio país, Francia, contra los imperios centrales, Alemania y Austria-Hungría, olvidando que es una potencia colonialista e imperialista haciendo la guerra a otras potencias de igual naturaleza, lo que demanda repudiar y denunciar a todas ellas. Así pues, rechazó la consigna “Oponer la revolución a la guerra imperialista en todos los países beligerantes”. No he encontrado información sobre qué posición adoptó ante los denominados “motines” en el ejército francés, sobre todo durante 1917, cuando docenas de miles de soldados y suboficiales de la primera línea del frente se encararon fusil en mano con los mandos militares[2] para poner fin a la guerra con la revolución, siendo derrotados y muy duramente reprimidos, con miles de soldados asesinados, fusilados, por el alto mando y el generalato galo.

Esta insurrección fue, como se ha dicho, una manera de aplicar la consigna sobre convertir la guerra imperialista en revolución, que terminó en derrota y matanza pero que fue una lucha magnífica y épica. Seguramente, Malato, aliadófilo, belicista en consecuencia, partidario del triunfo de las potencias occidentales (Francia, Inglaterra y EEUU principalmente) no estuvo con los soldados insurrectos, e incluso se opuso a ellos… Muy mal. Inaceptable.

Es lo que sucede cuando la revolución se olvida. Se olvida primero en las ideas y el programa, y se traiciona a continuación en la práctica, cuando aquélla se hace una inmensa y decisiva realidad en la vida de las sociedades. Esto es una constante en el anarquismo, inicialmente arrevolucionario y, luego, cuando estalla la insurrección social, contrarrevolucionario.

Veamos esto en la relación entre el anarquismo español y el comunal. Éste ha sido y es ignorando por aquél, a pesar de que se cimenta en un vasto sistema de asambleas, el régimen de concejo abierto, o democracia directa de la ruralidad. Hay una excepción, “La Revista Blanca”, editada por Juan Montseny y Soledad Gustavo (padres de Federica Montseny, que fue ministra con la II república[3] siendo jefa de CNT-FAI) entre 1898 y 1936. Dicha publicación sí otorga apoyo al comunal, haciendo de vez en cuando reportajes sobre pueblos y aldeas donde el comunal existía entonces, algunos de ellos con acompañamiento de fotografías. Todo ello es bonito y conmovedor, por más que los autores de tales artículos o reseñas no entendiesen gran cosa de lo que era y es realmente el comunal. Al parecer, ni siquiera habían leído a Joaquín Costa ni a Rafael Altamira, que para entonces ya había publicado bastante sobre el comunal…

Cuando se pone en marcha la gran movilización popular espontánea para recuperar el comunal desamortizado (estatizado y luego privatizado) en los años 30 del siglo pasado, que alcanza un máximo en la primavera de 1936, con ataques formidables a las instituciones del Estado en cientos de pueblos y aldeas por todos los territorios ibéricos, particularmente contra la guardia civil, los jueces, los recaudadores de impuestos, los terratenientes que habían comprado tierras comunales, etc., resulta que el anarquismo español no la apoya. No, no lo hace. Se desentiende. Se sitúa de facto al lado del gobierno.

Produce sonrojo ajeno leer los documentos del Congreso de CNT en Zaragoza, mayo de 1936, que no dedica ni una palabra a tan colosal movilización popular, mantenida por cientos de miles de personas, que estaba logrando que el Estado español se tuviera que retirar, vencido, de zonas bastante extensas del territorio peninsular[4]. Por eso, principalmente para aplastar la revolución comunal en marcha, hubo en el verano de aquel año la intervención militar, con Franco, y luego la guerra civil. Y los anarquistas no dicen ni hacen nada a favor del levantamiento insurreccional popular precisamente en el mes, mayo, en que éste era más formidable y multitudinario, con sucesos tan tremendos como la matanza de Yeste (Albacete). ¿Dónde estaban los ácratas españoles entonces?, ¿en qué tipo de burbuja o gueto vivían, pensaban, percibían y actuaban, o, mejor dicho, no actuaban?

Ciertamente, el olvido de la idea de revolución, por tanto, de su práctica cuando se dan las condiciones apropiadas, por el anarquismo es una constante en él, como se ha dicho. Su formulación doctrinal es, simplemente, “contener” al Estado, criticarlo, pero nunca se propone eliminarlo, destruirlo y establecer una sociedad autogobernada, sin ente estatal. Esta línea programática lo que niega e ignora es justamente la revolución. Porque meramente “resistir” al Estado es, en definitiva, mantenerlo, dotarlo de facto de legitimidad. Solo la revolución lleva incorporada la idea de su liquidación.

La noción de revolución no aparece en los ideólogos anarquistas. No está (salvo como una expresión vaga y desnaturalizada meramente casual, y en muy pocas ocasiones) en Bakunin ni en Kropotkin[5] ni en ningún otro. No está en los anarquistas actuales, entregados a un mísero anarcorreformismo volcado en la demanda de reivindicaciones de lo más mezquino, a la vez que apoya explícitamente al ente estatal, por ejemplo, al hacer suyo el feminismo de Estado[6] y la Ley de Violencia de Género, una expresión extrema del Estado policial español, destinada a someter y degradar a las mujeres tanto como a perseguir y encarcelar a cientos de miles de los varones. Igual que el marxismo no es “anticapitalista”, salvo de palabra, sino procapitalista en la práctica, el anarquismo no es “antiestatal”, salvo de palabra, sino proestatal en la práctica. Los casos concretos citados así lo manifiestan.

Está además la anarcosocialdemocracia, que es la ideología que guía hoy a CNT y a CGT, los dos sindicatos anarcosindicalistas con alguna presencia. Peor aún es el anarcofascismo, pensado y vivido por los seguidores de Nietzsche que se afirman anarquistas. No hay que dejar de lado el anarquismo de Estado, tan bizarramente representado por Noam Chomsky[7] (nacido en 1928), y más aún, el “municipalismo libertario” de ideólogo yanqui Murray Bookchin (1921-2006), un proyecto para ser funcionarios del Estado entrando en él por la puerta de atrás, de tapadillo. Pero quizá lo peor de todo es el anarquismo individualista, seguidor de Max Stirner, una expresión patológica del egotismo burgués más chanflón[8]. Recientemente hemos conocido el fiasco del Partido de los Trabajadores del Kurdistán, vagamente libertario, que en 2025 ha dado la espantada, dejando las armas y convirtiéndose en un partido prosaicamente parlamentarista y constitucionalista, liberal y socialdemócrata. El olvido, desde sus orígenes, en su ideario y programa, de la noción de revolución explica tal evolución. En Argentina, un gobierno anarquista, en la variante de anarcocapitalista, asevera que se propone demoler el Estado desde las instituciones gubernamentales, algo manifiestamente esperpéntico. Lo cierto es que no puede haber capitalismo sin Estado que lo ampare y sostenga, ni Estado sin capitalismo que le proporcionen los imprescindibles recursos monetarios y materiales, sobre todo militares, adoctrinadores y represivos.

Ciertamente, el anarquismo es un “ismo” decimonónico, otro más, hoy en decadencia, que contiene una versión verbalmente radicalizada del liberalismo y el constitucionalismo, cuyas raíces doctrinales se encuentran en la Ilustración, los “filósofos” franceses, la fábula de la modernidad, la revolución francesa y el mito liberal del progreso, esto es, en lo principal de la chatarra verbal cavernícola propia de nuestro tiempo, en sus principales religiones políticas. Quienes se sientan efectivamente enemigos del Estado, de los Estados, tienen que unirse al movimiento por una Revolución Integral, la RI (Revolución Integral). Éste es el verdadero heredero de generaciones de personas que se han incorporado en el pasado y en el presente al anarquismo en busca de una sociedad libre, esto es, sin Estado, y de un individuo libre, es decir, moral y soberano, y que han sido frustradas por dicho “ismo”.

Hoy, cuando nos adentramos en el segundo cuarto del siglo XXI, percibimos que el sistema de dominación estatal, y su derivación el gran capitalismo, están en decadencia, en descomposición, en caída en todo el planeta, pues ha llegado al límite de sus capacidades y posibilidades. Eso anuncia futuras revoluciones, que deben ser preparadas y diseñadas a partir de la idea, noción y práctica de la revolución. De la Revolución Integral. De la Revolución Integral Comunal.

Sería apropiado, en consecuencia, que quienes se piensan y sienten anarquistas se sumen al ideario, programa y movimiento RI. Los que no deseen hacer esto deberán, al menos, incorporar la idea de revolución a su programa y cosmovisión, para participar en la acción revolucionaria, pues la Revolución Integral es por definición abierta y plural, múltiple y variada, al no tener definición ideológica o doctrinal, estando abierta a todos los que aspiren a vivir como personas libres y morales en una sociedad de la libertad.

En cualquier caso, el ciclo vital del anarquismo histórico ya se ha cumplido y ahora tiene ante sí, como futuro más probable, su descomposición y extinción.

 

[1] La revolución bagauda es considerada por los historiadores más objetivos como una expresión, entre otras corrientes de pensamiento, de la revolución cristiana. Por ejemplo, por Juan Carlos Sánchez León en “Los bagaudas: rebeldes, demonios, mártires. Revueltas campesinas en Galia e Hispania durante el Bajo Imperio”, 1996. Malato es en esto bastante clarividente, mucho más que el anarquista promedio, anticlerical acalorado, según dicta el progresismo burgués. Pero, con todo, no entiende suficientemente lo que es el monacato (cenobitismo) cristiano revolucionario, a pesar de que en su libro nombra a Salviano de Marsella. A ello se suma que no diferencia entre cristianismo e iglesia católica, no comprende que ésta es la negación de aquél, al ser una institución no cristiana y anticristiana. El cristianismo fue fundado por un hombre eminente, Jesús Nazareno, en el siglo I de nuestra era, y la iglesia católica fue instituida por el emperador romano Constantino en el siglo IV, para destruir al verdadero cristianismo, al que copia falsificándolo.

[2] El gobierno francés nunca ha querido hacer público cuantos oficiales fueron ejecutados por sus soldados en ese año, pero algunos estudios hablan de varios centenares. Los soldados disparaban contra ellos, dándoles muerte, cuando los ordenaban atacar, o los maltrataban. El tema, de tanta actualidad en el presente, es tratado en mi Manual para una revolución integral comunal. Todos los países beligerantes en tal contienda conocieron la violencia, justa, de los soldados contra los oficiales.

[3] Que CNT-FAI tuviera cuatro ministros en el gobierno español republicano constituido en noviembre de 1936 es una demostración irrefutable de la verdadera naturaleza del anarquismo, como verbosidad “antiestatal” fullera dirigida a encubrir una práctica pro estatal real. Este asunto, tremendo y horrible, no admite ni silencios ni justificaciones. En mi libro Investigación sobre la II república española, 1931-1936, analizo el contexto y el significado. Tal gobierno tenía como principal tarea, de facto, reprimir la revolución popular pro-comunal en la zona republicana. Para ello se sirvió asimismo de las “colectividades”, o empresas estatizadas por CNT-FAI, que dependían del gobierno republicano y eran manejadas en última instancia por el Banco de España y los Ministerios de Industria, Comercio y Agricultura. Al respecto, debo decir que he leído numerosos libros sobre la teoría económica del anarquismo y todo ellos, además de ser un embrollo colosal, que a mi parecer no es comprendido ni por sus autores, diseñan un sistema económico capitalista estatal, escasamente diferente del que hubo en la Unión Soviética y hay hoy en China comunista.

[4] El anarquismo y anarcosindicalismo español estaban entonces a favor del gobierno del Frente Popular, esto es, con la izquierda gubernamental explícitamente estatista, que casi cada día ordenaba a la guardia civil y guardia de asalto asesinar a campesinos y obreros por todo el país. Durruti había pedido el voto para el Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936. Fue un anarcoestatista notable, como demostró luego en su patética incursión por Aragón en el verano y otoño de 1936. Su desinterés por la revolución le había llevado a desentenderse del estudio práctico del arte de la guerra, de manera que cuando estuvo ante una revolución real la rechazó y cuando se vio metido en una guerra real, resultante de la primera, sólo fue capaz de hacer el ridículo. Y eso no es todo, en Aragón ofreció un ejemplo más de caudillismo anarquista, de mando y dominio absoluto de un individuo, él, Durruti, sin instituciones de autogobierno ni normas para la limitación, la dispersión y el control asambleario del poder desde la base. Al parecer, nunca había escuchado hablar del régimen de democracia directa…

[5] Es curioso, los dos rusos, los dos de familias aristocráticas esclavistas, que poseían tierras donde eran explotados cientos de “siervos”, esto es, esclavos blancos adscritos a la tierra. Y, en definitiva, los dos liberales radicales, incapaces de ir más allá de dónde llega la teoría liberal, con su postulado demagógico sobre la “autolimitación del poder del Estado” en las Constituciones promulgadas por los diversos entes estatales adheridos a dicha teoría. En realidad, el anarquismo es una forma radical de liberalismo y constitucionalismo, por eso repudia la noción de revolución, no “ve” el comunal, se opone a las revoluciones realmente existentes, etc. Kropotkin deduce su teoría del “apoyo mutuo” principalmente de las comunidades animales, pues era naturalista y zoólogo, sin conseguir encontrarlo, salvo en algún fugaz momento de lucidez, en la realidad diaria de las sociedades comunales europeas, en particular en las ibéricas, en el auzolan, hacendera, fiado, tornallom, etc. Sus discípulos de aquí, al parecer nunca han escuchado hablar de tales instituciones populares de trabajo comunitario y ayuda de unos a otros.

[6] En efecto, el feminismo actual es feminismo de Estado, no feminismo a secas. Y eso es lo que hace suyo CNT y el anarquismo hoy. En mi libro, en tanto que coautor, “Feminicidio, o autoconstrucción de la mujer se debaten estas materias. El anarquismo clásico ha sido contrario al feminismo, a toda forma de sexismo, es el caso de Federica Montseny, siempre antifeminista. Sólo recientemente el anarquismo ha cambiado de posición en esto, lo que es una muestra de que ha dado un paso más en su domesticación y adecuación, todavía mayor si cabe, a los intereses fundamentales del ente estatal. Por lo demás, el feminismo de Estado ha devenido genocidio, por el problema demográfico, tan aterrador, asunto en el cual el movimiento libertario tiene una cuota de responsabilidad.

[7] Éste, lingüista de oficio, es autor de una teoría peculiar, la “gramática generativa”. Consiste en una suma de obviedades y vaciedades que la conforman como una estafa intelectual, a la que un gran número de papanatas han puesto por las nubes en casi todos los países. Como es sabido, en la sociedad actual abundan las personas que necesitan ser engañadas por las supuestas autoridades sapientes, aquéllas que el Estado designa como tales. Chomsky es un activista, inculto, mediocre, del progresismo y la modernidad estatal-grancapitalista, con los apropiados toques “libertarios”. No es necesario añadir que sus libros sobre temas políticos y sociales son no menos triviales (además de reaccionarios y antirrevolucionarios) que su teoría sobre el lenguaje. Resulta significativa su ignorancia (que es desprecio) de la cultura clásica de Occidente, griega, romana, cristiana, moderna y contemporánea, lo que le hace destacado agente aculturador y vector del autodio, además de, como se ha dicho, teorético sin nivel ni profundidad.

[8] Mi libro La democracia y el triunfo del Estadoefectúa la crítica de las fantasías de omnipotencia inmoral y tiránica, contra el otro y contra los otros, de Stirner en “El Único y su propiedad”, obra de 1844. Éste es uno de los libros que más repugnancia me suscitan, junto con “La voluntad de Poder” de Nietzsche y “Las 120 jornadas de Sodoma” de Sade. Su meollo es una loa al yo hiper egolátrico del liberalismo y el gran capitalismo. Aquí la moralidad y la convivencialidad son pateadas a conciencia, conforme al ideario del estatismo, que necesita de la amoralidad e inmoralidad para desenvolverse. Empero, en las proximidades del anarquismo hay autores que consideran al compromiso moral y a la revolución moral, personal y social, como imprescindibles. Es el caso de Heleno Saña, que escribe un apartado del libro colectivo Ética y revolución integral, del que soy también coautor.